Carta a los autores

Algunos de los libros que conforman la MicroBiblioteca de Piedra y nido (consultar acá ), esta editora ha tenido el placer de recibirlos "de mano" de sus escritores.  Me parece justo, a modo de retribución al honor que me dispensan, hacer público mi agradecimiento y admiración por sus trabajos. 
Y puesto que llevo años procurando hallarle algún provecho a mi estéril título de Contadora Pública, he aquí que ahora se me presenta una extraordinaria oportunidad para hacerlo jaaaaa: escribiré a los escritores utilizando el método LIFO (last in,  first out) de movimiento de inventarios. 








Estimado Juan Manuel

Cuánto me agradaría, en este momento, ser una periodista de renombre, una de ésas que se jactan de conocer al escritor, de mantener con él una amistad de larga data; amistad que permite echar mano a cuanta anécdota personal venga al caso. Me agradaría comenzar esta “nota para el periódico cultural mas prestigioso” declarando que “al creador del Nuevo Universo Liliput, lo conozco desde la escuela primaria”. Sí, me agradaría haber compartido la infancia con vos para saber, por ejemplo, a qué edad leíste Los viajes de Gulliver por primera vez. Y qué dulzor rondó entonces tu imaginación. Y cómo  enraizó en tu consciencia. Y cuándo decidiste compartirlo a través de la palabra escrita.
Leyéndote me apropié de una nación, con su propia mitología, su propio dios: religiosidad en lo que no faltan, tampoco,  ángeles, demonios, y hasta un muy particular calendario litúrgico. Nación en la cual (al igual que muchas que conocemos, ¿todas?) no sólo abruma la burocracia sino también la mala memoria política y los economistas,  mientras el cazador que cada liliputiense lleva dentro hace de las suyas …quizá sea esta la oportunidad más acertada para mencionar que  "nuestro" Liliput (el del creador y su lectora), por momentos, se parece peligrosa, desembozadamente a Argentina. Sus sentires, su idiosincrasia, su triste, frustrante historia. Sus poetas pobres y fatalmente incomprendidos, sus cementerios, sus niños por nacer, sus taxistas, sus locos, sus amas de casa, sus escritores, sus caudillos.  Sus  personajes y entidades singulares, como el Comité de los Susurros (por citar uno de tantos), y la maravillosa, extraordinaria, Niña Muerte. Los ancianos,  el usurero, el taxista, el anarquista, el hacker  el Héroe (su recuerdo y estatua), los cartoneros, la princesa, la bruja. Y tantas otras existencias y circunstancias. Liliput posee  su propia geografía con sus montañas y su lugar para los objetos perdidos y deseos que no se cumplieron, sus terremotos (los liliputienses tienen sus razones para rogar que se produzcan de noche), sus perros (solos, porque sus dueños trabajan día y noche), su inseguridad, la visita periódica del circo y sus enamorados.
En las páginas de “Relatos desde Liliput”, a través de la vida de sus habitantes,  encontraremos una  crítica social delicada y aún así incontrastable, humor hilarante y cierto humor melancólico, poesía, ternura, magia, un canto a la paternidad, la niñez como símbolo del idealismo, referencias varias a la historia, el retorno de los muertos, la soledad,  las causas de la guerra. Micros que recurren a la sátira, a la ciencia, que se valen del hipotexto, micros ambiguos disparadores de preguntas, micros que nos muestran tal como somos en nuestra frágil, egoísta, mística, indiferente, idiota, amorosa condición humana.
Gracias, compañero escritor, por pintar tu aldea.
Afectuosamente.
Patricia








Querida Lilian:
Nobleza obliga, comienzo estas breves líneas con una confidencia: cuando me acerqué a vos solicitándote autorización para editar uno de tus micros en mi pequeña bitácora, lo hice con temor, “paura” hubiese dicho mi abuela de ascendencia italiana; desde luego, no es para mí cosa de todos los días acercarme a la presidenta de la Corporación Letras de Chile con un pedido. Sería bastante tonto que ocupara aquí espacio contándote cómo sos, sin embargo, puesto que esta carta será pública —otra generosa autorización tuya— digo y subrayo que encontré una persona cálida, una mujer humilde pese a sus logros incuestionables, una escritora a la que ahora  tengo la dicha de considerar una amiga.  Y libertades de amiga tomo para continuar no con lo que naturalmente seguiría, decir que “K” es un libro de excepción y exponer mis razones, sino por el final. A las palabras finales del libro, “Recorrido K”, me refiero.   Tu visita a Praga y al Nuevo Cementerio Judío donde Franz Kafka, finalmente, descansa. Allí escucho tu voz, no la exquisita voz que narra “K” sino tu propia voz, y me conmuevo con tu emoción. Creo estar a tu lado cuando descubrís estos escarabajos paseándose por su lápida y tomás la fotografía que es la portada del libro. ¿Se puede pedir maravilla mayor? Sí, sí se puede tratándose de Lilian Elphick. Se puede leer “K”, leer a borbotones porque vienen ganas irreprimibles de beber de un solo trago todas las palabras y luego leer despacio, gustar el sabor de cada idea, vestir el caparazón terrible, escuchar tanto graznido desolado, oír hacia adentro la soldadesca nazi que marcha acercándose; procurar reprimir, sin lograrlo, esta toz tuberculosa. “Toz de lobo” que no sólo ahoga sino que succiona como un vórtice feroz  a través del cual Franz desaparece. “K” lo recupera. Vos lo recuparás, Lilian, haciendo un viaje desde el Nuevo Cementerio Judío de Praga hasta la palabra, desde un hombre escindido por incontables cerraduras: “…durante un instante tuve cerraduras por todo el cuerpo” apunta él en sus Diarios, hasta la verdad: “Lo peor no eran las cerraduras; nadie me abría”, dice “K”.
Nadie abre la puerta del ghetto porque al igual que aquélla que custodia La Ley, ésta se colocó para que permanezca cerrada.
Frente a la puerta cerrada permanecemos, tímidos lectores desencontrados, hasta que abrimos “K”.

Algunas líneas atrás apunté que Franz Kafka finalmente descansa, sus huesos descansan mientras Gregorio camina liviano y libre sobre su propia sombra; mientras su esencia, la esencia kafkiana, Lo Kafkiano, vuela en “K”. 
Cariñosamente.
Patricia

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Hola, Fabián
Te escribo, en primera instancia, para pedirte disculpas. Sí, así, sin más trámites. Ocurre que yo no sabía que sos escritor. Te conocía, desde luego, como editor literario. Sólo en una ocasión, en la Inter, había leído un micro tuyo: su título es “Nadie en Noruega” (dicho sea de paso, ahora tengo el libro al cual pertenece). Extraordinario micro, pensé entonces, lástima que no se dedique. Lástima que yo no supiera que vos en el 94 ya habías publicado tu primer libro y que a esta altura del partido tus publicaciones  forman una pila que da buena sombra a ambos lados del océano. Lástima que no te haya leído, por ejemplo, en Ficción Mínima, o en Letras de Chile, o en tu propia bitácora. En fin, que te has cansado de caminar por la calle donde paseo, de modo que no tengo excusas.
En segunda instancia (son sólo dos, escribiendo cartas también soy brevísima) te escribo para agradecerte. Tus libros son una dicha. No la frase hecha: la dicha en serio, el puro goce de la lectura. O sea que de este pibe podría destacarse escribiendo si quisiera, pasé a ojalá yo escribiera como este señor. Ojalá que, a media que lo lea, se me pegue (si se me injerta mejor) algo de su genial liviandad para tratar cualquier tema,  algo de su humor, algo de ese modo suyo de escribir tan argentino sin caer en la caricatura del localismo.
Estoy a punto de decir que tus ficciones son  la ciudad invisible de Tamara, ésa en la que “El ojo no ve cosas sino figuras de cosas”, ésa en la que el viajero no hace sino “registrar los nombres con los cuales se define a sí misma y a todas sus partes”; sin embargo me callo porque de pronto recuerdo que te escribo en la semana en la que Julio el Grande hubiese cumplido cien años, me callo y pienso en el micro cortazariano Acefalia. Y siento que en ese personaje que aún sin cabeza es capaz de ver, gustar y oír, están asomando tus tramas como cabecitas de revoltosas. Lo pienso y lo siento pero no te lo digo, no sea cosa que me embrolle con el lenguaje y termine haciendo un papelón ante un gran escritor que, encima, además es editor. Entonces, sólo confiando en que un pedido de disculpas, aunque sea uno tan informal como éste, y un gracias de todo corazón alcancen para iniciar una buena amistad literaria, te envío un abrazo.

Patricia


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Estimado David:
“Parpadeos” llegó a mí un miércoles por la mañana: terrible día porque, por razones de trabajo, me resulta imposible leer hasta la noche. Ni siquiera pude “espiarlo”, esto es leer rápidamente los dos o tres primeros micros y cualquier otro abriendo el libro al azar. Sin embargo, aunque en ese momento lo sufrí, ahora estoy dichosa de que haya resultado de ese modo puesto que sucedió algo inusual: lo leí como si fuese una sola historia. Me explico mejor, lo leí, te leí, del mismo modo en que se lee una novela que no podría interrumpir hasta el final. El motivo por el que ocurrió de ese modo, creo,  estuvo dado por una característica no de tu prosa, siempre clara y elegante, sino de tu intención. Estuvo dado por el carácter de denuncia social que tiene tu extraordinario trabajo. Digo, y repito, “extraordinario”, porque nunca había tenido un libro de microrrelatos enteramente dedicado a señalar las injusticias con  las que los seres humanos nos atormentamos unos a otros. 
Tus micros, desoyendo el tono —casi estoy por decir el mandato— fantástico y lúdico que tan a menudo determina a la microficción; le narran en clave realista a su lector, le recuerdan e interpelan, los abusos de poder con los cuales este mundo es tan pródigo. Mundo modelado, por nosotros y para mal, a nuestra imagen y semejanza.
Ninguna herida se te ha pasado por alto, ninguna violencia. El atropello del fuerte contra el débil siempre.
Sé que es un error inferir, intentar hacerlo o creer que lo hemos hecho, atribuir, imaginar, ciertas particularidades en la personalidad de un escritor a partir de la lectura de sus ficciones, sin embargo no puedo evitar pensar que amás la niñez. Si bien “nada de lo humano te resulta ajeno” —llevamos en nuestra esencia la capacidad de elevarnos tanto como el mejor o descender al abismo del más vicioso de los nuestros, como tan bien desde la antigüedad nos advierte Terencio—, creo adivinar en vos una repulsa especial para con toda arbitrariedad cometida contra los niños. Desde la más aberrante hasta la más ¿pequeña?, ¿inofensiva? Los signos de pregunta son retóricos. No te preguntan. No hace falta. “Parpadeos”, certero como una flecha disparada por un buen arquero, dice que nosotros, los autodenominados adultos, no podemos ofender mínima, pequeña, o inofensivamente a un niño. Y dice más. Dice que toda ofensa,  al niño, al anciano, al empleado, a la mujer por su condición de tal, a la pareja, al cliente, al paciente, al.. a quien esté a nuestro lado, es inconmensurable. Que cualquier ofensa nos daña a todos.
Coincido absolutamente, David.

Un fortísimo abrazo.

Patricia


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Estimado Juan
Te comento que estoy enviando unas palabras, en forma de carta breve, a aquellos escritores con los que me puse en contacto para sumar, con gran deleite, sus libros a mi microbiblioteca. El objetivo es expresar públicamente mi agradecimiento para con vuestro trabajo que tanto me enriquece.
Ahora bien, puesto que #ElSueñodelaMariposa es un libro de “trinos”, lo que en la jerga actual se denomina tuiteratura, yo propongo a modo de  TESIS que además de ser lo que es, una aguda exposición de cuanta ironía, humor y belleza caben en ciento cuarenta caracteres, #ElSueñodelaMariposa es un perfecto libro de microrrelatos.
DEMOSTRACIÓN
En orden de demostrar mi tesis haré uso de los Recursos para lograr la brevedad en el microrrelato según la Doctora en Literatura Latinoamericana Dolores M Koch:
-Utilizar personajes ya conocidos:
“Caperucita es muy selectiva: atraviesa el bosque, de preferencia, en noches de luna llena.”
 -Incluir en el título elementos propios de la narración que no aparecen en el texto del relato. 
#ElSueñodelaMariposa es el metafórico título que engloba y resignifica, por la numerosa cantidad de alusiones que dispara, a los trescientos veinte  tuits —así denominados hasta que esta demostración quede concluida— que componen el libro.
-Proporcionar el título en otro idioma.
Astutamente, Juan Romagnoli numera sus tuits, este modo de literatura nacida de la mano de una red social característica del último siglo, con números romanos.
-Tener por desenlace rápido un coloquialismo inesperado o una palabra soez.
“Soy mendocino y no te lloro. Son mis acequias, que tienen horarios.”
Hacer uso de la elipsis.
“Los dragones son seres mitológicos inflables que se venden en los puestos cerca de la playa.”
-Utilizar un lenguaje cincelado, escueto, a veces bisémico, palabra certera.
“Para ir a una fiesta de disfraces, el escritor usó un pseudónimo.”
-Utilización de un formato inesperado para elementos familiares.
“¿En tu casa o en la mía? —preguntó el caracol.”
-Utilizar formatos extra-literarios.
“Si en el siglo XVI hubiera existido Mémorix, hoy sabríamos el nombre de aquel lugar de La Mancha.
Mémorix: gotas y grageas.”
Parodiar textos o contextos familiares.
“A veces veo a mi finada abuela en el espejo de casa. Sé que es puro hábito reflectivo: se peinó frente a él durante setenta años. ”
-Hacer uso de la intertextualidad literaria.
“Para leer La Odisea, las sirenas se hacen atar a una roca”
COROLARIO
Si Juan Romagnoli hubiese nacido en el siglo XI, en Persia, Omar Khayyám habría utilizado uno de sus microrrelatos como epígrafe para sus famosas cuartetas Rubaiyat:
“Hoy se ven tantas estrellas. Y cómo brilla la luna. Esta noche es única. Pero como todas, pasará.”
Espero sinceramente, Juan,  que esta ocurrencia mía de cambiar el género a tu libro no te resulte abusiva; te ruego que la tomes como de quien viene: una lectora dichosa.
Afectuosamente
Patricia


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Querido Manolo
Comienzo estas líneas reconociendo que me resulta extraño llamarte por el apodo con el cual sé que se dirigen a vos tus amigos, yo nunca me había atrevido a hacerlo. Sin embargo, al ver que tu dedicatoria está firmada con él, siento que me otorgás tal derecho. Hecha esta salvedad, en la que ruego no estar equivocada, te comento, amigo, que la semana pasada tomé la decisión de escribir una carta a cada escritor —felizmente son muchos—, que tuvo la generosidad de enviarme su libro. Así las cosas, ésta es la segunda que envío.
Ese auto antiguo —¿detenido?— en ese cruce de caminos, en medio de la nada, con el que tu libro interpela a sus lectores desde la portada, es una extraordinaria metáfora de lo que hallaremos en su interior. Según afirman los estudiosos, el pueblo griego, el antiguo pueblo griego y otros tan antiguos como él, temía tales cruces por eso cada viandante colocaba una piedra —¿un auto viejo?— en honor a Hermes, dios protector de los caminos y también, entro otros muchos dones, del discurso y la palabra elocuente —¿feliz coincidencia?—. 
Admito que no suelo detenerme en los prólogos pero Sánchez Clelo, a modo de prólogo dice él, me atrapó. Confieso que lo necesitaba. Conocí a José Alfredo Jiménez sin saberlo: disfruté algunas de sus canciones, "El rey", "Si nos dejan", "La media vuelta", sin saber que eran de él. Gran homenaje el que le hacés, digno de un gran homenajeado, sin dudas. 
Puesto que esta carta, si me das tu autorización, será pública, no revelaré ciertas claves, ciertos códigos internos con los cuales Cuatro caminos deleita al lector atento.  Diré, sí, que ya me siento y me pienso como una habitante más de ese poblado donde habitan tus personajes. Sufro sus sentimientos, me aterra su violencia y me maravillo con ellos. 
Un poblado sin nombre a modo de trampa para lectores: el que cae allí no sale, continuará leyendo sin hesitar hasta ese final que, eterno retorno postulado por los primeros filósofos, lo llevará al comienzo, al microrrelato número uno, ése que se titula Cuatro caminos.
Gracias por el envío, Manolo. Un libro y un poblado. Un Universo. Gracias por enviarme un Universo.
Con afecto y admiración
Patricia

PD: Te transcribo un diálogo que pertenece al libro de cuentos breves enmarcados "La Sacramento", escrito por mi paisana Estela Smania.
"—Algún día he de pagarle...
—Algún día les contarás a los que quieran oír que pasé por este mundo —concedía ella.
—Eso no basta...
—Basta porque el recuerdo es lo único que nos salva de la muerte."
Tu paisano, José Alfredo Jiménez, ha vuelto a la vida a través de tu palabra. 


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Querido Félix
Cuando un libro me apasiona lo leo dos veces seguidas. La primera, en realidad, no lo leo sino que lo devoro. La segunda lo degusto. Leo con un lápiz en la mano, soy de las irreverentes que subrayan y hacen cruces, llaves y círculos en los libros. Así, los cuentos me quedan divididos en 4 grupos: 
los que me gustan, 
los que me gustan, pero...; 
los que me resultan indiferentes, 
y los que me enamoran: aquellos que hubiera querido escribir yo, aquellos a los que vuelvo una y otra vez. Ahora bien, si vieras la docilidad con la que tu libro se abre en mis manos, concluirías, con toda razón, que he vuelto a sus páginas repetidamente. A todos y cada una de ellas. Ojalá pudiera darte un par de títulos y decirte "he aquí las historias que me enamoraron". Sería fácil. No lo es. Sé que sonará trillado pero la verdad es que tu libro me encanta. Me encanta al viejo modo, me canta un sortilegio, me hechiza. Es que cada cuento cuenta a su particular modo, ninguna historia se repite. No te repetís a vos mismo, lo cual creo que es una cualidad extraordinaria en un creador. Tengo para mí que todos los que enhebramos palabras lo hacemos procurando conjurar alguna tristeza, algún miedo, alguna ilusión vana, alguna compulsión al chiste o la grosería, y que por eso, sin advertirlo, nos repetimos. Todos menos vos. Tu universo interior es tan vasto como la vida, en tus entrañas cabe todo: el amor, el goce, la pérdida, la sonrisa, el juego intelectual, la denuncia social, el drama, la ironía y la tragedia.  
"Un placer de lectura", la frase hecha. Sí, un placer de lectura, un deleite. Por fin un libro que es un descanso. Me explico: cansa leer y corregir, cansa leer pensando por qué puso esto o aquello, por qué agregó esta línea tan innecesaria, esta coma, cosas por el estilo. Por eso digo que descanso en tu prosa, que tu prosa me aliviana, me aligera como un viento fresco justo en la cara, justo cuando tanto lo necesito.
Gracias por el viento, Félix.
Te admiro
Y, desde acá, te abrazo con todo cariño.


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Las próximas cartas serán enviadas a los autores de estos libros:













1 comentario:

  1. Transparente y precisa crítica Patricia, todo ello es Felix. Que Felix Terrones nos siga deleitando con mas obras y tú, que nos guíes con tus magistrales recomendaciones. Gracias Rossana Palacios Velezmoro, Lima, Perú

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